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Entrevista a Marcos Muñoz, autor de BROADWAYRRIORS

May 23, 2017

 

Marcos, pregunta obligada: ¿Qué es un Broadwayrrior?

 

La palabra nació en el entorno del juego de rol Fanpiro, inspirado en el universo Fanhunter de Cels Piñol y parodia del juego Vampiro de White Wolf. En ese juego había aficionados a muerte a multitud de aspectos del ocio, desde el cine a la ciencia ficción o la fantasía o los juegos de mesa, cada uno con su nombre particular. Me dije, “¿y los fans de los musicales?”. Y al imaginar como serían, nació ese nombre: Broadwayrriors, un juego de palabras que trata de significar “guerreros de Broadway”, los defensores a ultranza de su afición musicalera. Porque, no nos engañemos, el musical genera una gran conexión emocional en sus aficionados (la música nos habla en el lenguaje de las emociones, al fin y al cabo), y eso lleva a grandes posicionamientos. Y a grandes intentos por “evangelizar” a los que nos rodean, y a los que no ha picado igual el gusanillo, jaja.

 

Son muchos años de investigación; ¿cuánto tiempo te ha llevado escribirlo y por qué mojarse por este género?

 

El por qué mojarse, porque lo merece sin duda, porque me extrañaba que, habiendo tantas obras difundiendo el teatro musical en inglés, no existieran a duras penas en nuestro país. Han sido muchos años (ocho, nueve), en los que no siempre ha estado clara la forma que iba a tomar: primero fue una colección de cromos dentro de la web Ilustrum, luego un intento de hacer un libro con imágenes. Pero cuando vi que no había interés en las editoriales nacionales (o había interés pero no posibilidades... algo que tampoco acabo de entender aún), y que tendría que ser autoeditado, acabó siendo un libro sin ilustraciones, eso sí, tan extenso como pude.

 

En el prólogo, el incombustible maestro en la materia Ricard Reguant afirma que “no es malo tener referentes […], hay que recorrer un camino y encontrar una identidad propia que defina nuestro autóctono género musical”. ¿Quizá Madrid está más entregada a importar y Barcelona a las creaciones propias? ¿Vamos por el camino adecuado?

 

Parece que las grandes productoras teatrales tienen su sede en Madrid, mientras que las compañías con más trayectoria creando musicales se encuentran en Barcelona. Eso lleva a que las “franquicias”, el musical importado que trata de seguir el patrón de producciones concretas, se haya localizado más en la capital, y el musical de creación haya aparecido más en la ciudad condal. Por supuesto, Madrid también ha tenido sus Blancanieves Boulevards y sus Lovys, y Barcelona ha estrenado sus Cabarets y sus Rents. Tiene que haber un equilibrio: tiene que haber espacio para la creación propia y para la importación de títulos, y en ambos aspectos debe poder estrenarse el gran espectáculo y el pequeño. Lo que no podemos es seguir estancándonos en un ciclo de títulos que vuelven una y otra vez: las producciones de Mamma Mia, La Bella y la Bestia o Mar i Cel han estado muy bien, pero tienen que llegar nuevas producciones, tienen que llegar Wicked y Mary Poppins y Matilda y Next to normal, tiene que venir algo de Lin-Manuel Miranda, y tienen que nacer más creaciones propias en la dirección que han marcado El petit príncep o Pegados.

 

Muchos esfuerzos se han hecho en grandes producciones, pero el musical no termina de encajar en la agenda del gran público. La adquisición de varios teatros por parte de Stage Entertainment en La Gran Vía madrileña que vaticina nuevos estrenos, o el Billy Elliot que nos viene de SOM Produce, ¿pueden cambiar el rumbo?

 

Yo creo que Billy Elliot es una gran señal en la buena dirección: una producción importante, arriesgada pero necesaria, con un creador –Elton John- que sintió una necesidad imperiosa de escribirla. Cuando una obra nace de ese tipo de pálpitos emocionales tiene más posibilidades de conectar con el público. Pero igualmente me parece encomiable una producción como El petit príncep que mencionaba antes: creación propia de alcance internacional, con gran calidad en la escritura, en la música y en la interpretación. O 73 raons per deixar-te y La llamada, que ni siquiera adaptan un material previo y también son grandes producciones propias. Los grandes montajes están muy bien, pero necesitan también de grandes retornos para justificarse ante unas juntas de inversores. Debemos apoyar además los montajes de tamaño medio y pequeño, para que exista el caldo de cultivo necesario para que el musical arraigue en la sociedad.

 

Quizá no valoremos lo suficiente las creaciones infantiles y juveniles cargadas de gran originalidad y lo fundamentales que pueden llegar a ser para que el musical cale en un futuro público.

 

Es cierto que durante mucho tiempo las producciones infantiles o familiares han tenido una mala prensa. A veces por tener buenas ideas pero pocos recursos, a veces por tener los visos, las luces de la buena producción pero con malos contenidos. Pero también es verdad que hay cada vez más grandes y pequeños espectáculos musicales infantiles que están innovando y ofreciendo calidad, en contenidos y en formas. En Broadwayrriors prácticamente no quise abundar en el tema, porque merecería incluso un tratamiento aparte, ya que ha tenido una evolución distinta que el musical “adulto” o el gran musical familiar. Pero en España parte de unas estructuras que nacen en los 60-70 con narrativas bastante tradicionales, se renuevan con aires incluso más potentes que los del musical adulto en los 80, decae en los 90 y renace sobre todo en la segunda década del siglo XXI, con unas compañías que han aprendido a integrar las nuevas tecnologías en los espectáculos de manera natural y no como mero artificio.

 

¿Los apasionados al género podemos llegar a ser los más críticos?

 

Sin duda. El que no sigue tanto la dinámica del género no compara ni con lo que se hace fuera ni, en ocasiones, lo que se hace en otras partes de nuestro propio país. Ni con lo que se hizo antes de que esa persona empezara a interesarse por el musical. No lo conoce y no le importa. Pero es importante la difusión, la culturización: mostrar el abanico de lo que puede ofrecer el género en cuanto a tramas, personajes, bailes, músicas, estilos, técnicas, decorados, vestuario. Profesionalizar cada vez más el que, de hecho, es el apartado más difícil del teatro: el musical. Aunque haya quien trata de reducirlo. “Ah, hacen un musical”: pues un musical, sí, el que pide la famosa “triple amenaza” de cantar, bailar y actuar. Donde no valen los cantantes que “hagan personajes” o los actores “que bailen” o los bailarines que “canten”. Donde hace falta integrarlo todo en la interpretación para que realmente funcione. Los apasionados del género podemos llegar a ser muy críticos, podemos llegar a ser demasiado críticos, pidiendo algo que no se corresponde al momento en el que estamos, tratando de saltarnos pasos para que esto ya sea Broadway o el West End. Y quizás no es el objetivo, quizás debamos ser nosotros, cogiendo lo mejor de Broadway y del West End, pero también creando cosas propias tan buenas que las adapten allí. Con algunos artistas ya ha empezado a pasar.

 

El libro contiene once capítulos divididos en décadas, cada uno de ellos con una breve pero jugosa entrada para ponernos en situación. ¿Con qué período te quedarías?

 

Es muy difícil. Probablemente la década más apasionante por lo que se cocía en el mundillo sería la de los 40: Oklahoma!, Carousel o Brigadoon en Broadway, o en España El Congreso de los dioses, La Estrella de Egipto, Feliz Viaje, la llegada de los Vieneses... Aunque poder asistir en 1955 al estreno de Al sur del Pacífico en Madrid también sería un gran momento. ¡Habrá que hablar con el Ministerio del Tiempo!

 

Haces una extensa referencia al inolvidable programa televisivo Un, Dos, Tres…, cita obligada programa tras programa para muchos en las décadas de los 70, 80 y 90. Por allí pasaron Àngels Gonyalons, Concha Velasco, Nina o números musicales como “Money”, “America”, “Cheek to cheek”...

 

Para mí, el Un, Dos, Tres fue mi ventana al musical. No me dí cuenta durante muchos años, pero lo convirtió en algo normal, algo habitual que se colaba semana a semana en nuestras casas. Claro que no eran las obras completas, claro que los números tenían unas letras muchas veces adaptadas al programa, pero aún así nos daban destellos que permitían enamorarnos del género: aquel primer A Chorus Line de las Secretarias, o el “Tutom Khama” de Silvia Marsó, o los legendarios programas de Àngels y Concha... Aquello nos abrió los ojos a muchos, los ojos y los oídos. Ya conocíamos muchas de esas melodías del cine, pero ver los números cantados y bailados en un plató en nuestro país nos revelaba la idea de que eso era posible.

 

Nos cuentas no pocas curiosidades, me quedo con Thomas and the King con música de un tal John Williams…


Pobre Williams, se le quitaron las ganas de volver a probar suerte en el teatro musical. Evidentemente, aún estaba empezando (era 1974, antes incluso de Tiburón), pero aunque hay algo de ese trabajo que se puede reivindicar, creo que todos estamos de acuerdo en que es su trabajo cinematográfico el que más nos convence. Son lenguajes distintos, por supuesto, y Williams ha ido construyendo una manera muy propia de subrayar, matizar o redirigir la narrativa de las imágenes de una película que no necesariamente funciona en un musical un poco al estilo de Camelot. A mí me pareció muy curioso descubrir que una grabación de ciertos números de El Mikado fue una de las primeras pruebas de cine sonoro en Inglaterra, algo que he podido investigar un poco más posteriormente en It’s showtime!, mi libro sobre cine musical. O el triste destino de El Principito en Broadway, que por una mezcla de desacuerdos internos no llegó más que a vivir la noche del estreno. O el gran éxito que tuvo el ejército americano en 1953 con Xanadu, un musical basado en los viajes de Marco Polo. O la existencia de una versión kabuki de Jesucristo Superstar. O el increíble despliegue técnico del musical Time, que convirtió uno de los teatros de Londres prácticamente en un Transformer en el que cualquier sección del suelo podía moverse, elevarse o girar con independencia del resto... Lo cierto es que uno nunca deja de sorprenderse: ¡el espectáculo debe continuar!

 

En el epílogo, María Cegarra y Laia Martínez-Rubiralta, jóvenes actrices que comienzan a abrirse camino, comentan sus inquietudes en un diálogo entre ambas. Llama la atención las ofertas que han tenido, muy mal pagadas o incluso sin remunerar, y el pensamiento de muchos de que dedicarse al mundo artístico es un hobby o una afición.


Y me consta que incluso hablando con no tan jóvenes actrices que ya todos entenderíamos como consagradas en el género, sigan encontrándose “ofertas” de este tipo. Me parece sencillamente escandaloso que el talento, el trabajo y el esfuerzo de preparación no se valoren. Y como decía antes, me parece que la exigencia del musical es mayor que la de cualquier otro género teatral, porque a la de cualquier otro género teatral suma requisitos. Tenía claro que quería ceder ese epílogo a la gente que está empezando, porque son el futuro, pero no solo por ese factor positivo y vitalista: también porque, siendo el futuro, lo tienen muy crudo. Y va más allá de que “es que hay muchos artistas de musical”. El número es un factor, pero hay algo que va más allá, y es la falta de consideración hacia la profesión.

 

Das también alguna pincelada sobre los talent shows; ¿llegaremos a ellos para elegir a futuras estrellas como han hecho en ocasiones los anglosajones?


A la manera española, donde prima el morbo y el enfrentamiento, me daría pena que se hicieran. El modelo británico lo veo más apetecible como espectador. Pero en cualquier caso, si elegir nuevos cantantes o imitar a cantantes famosos puede ser un espectáculo televisivo, ¿por qué no va a serlo descubrir nuevos valores del musical español? Es más: si en varios talents españoles para cantantes han participado artistas de musical, ¿por qué no hacerlo más explícito? Primero, porque sería una excusa excelente para tener en antena docenas de números de musicales, y acercarlos al público. Y segundo, porque el planteamiento de las pruebas puede ser muy educativo: se me ocurre un momento del programa Any dream will do donde los aspirantes a Joseph tuvieron que escalar la barricada de Les Miserables y agitar la bandera mientras cantaban, y descubrieron lo tremendamente en forma que hay que estar para poder entonar “Do you hear the people sing?” en esas circunstancias (por si lo queréis ver).

 

La primera edición de Broadwayrriors está agotada desde hace meses y preparas una segunda edición, ¿cómo será esta y para cuándo?


La segunda edición será muy similar a la primera: estamos corrigiendo los errores que hemos encontrado (en el texto y en el índice, lo que no es rápido porque hay que repaginarlo todo a mano), actualizaremos alguna entrada y además incluiremos información sobre un par de musicales más, que nos parece importante que estén en el libro: Florodora, de 1899, y el español Lovy, que tiene una trayectoria de lo más compleja. Esperamos que todo este listo para primeros de junio.

 

Marcos, muchísimas gracias por atender a ACTeM y por este magnífico Broadwarriors. Permíteme una última pregunta: ¿Comerías palomitas viendo teatro musical?

 

Gracias a vosotros. Normalmente ni se me ocurriría. Pero hay musicales que rompen los esquemas, que te invitan a participar de otra manera en el acontecimiento al que asistes: pongamos por ejemplo un Saucy Jack and the Space Vixens. Si el gamberrismo de la obra invita a ello, ¿por qué no?

 

Reseña del libro Broadwayrriors

Marcos Muñoz Vera es director de la editorial Mil Monos, redactor jefe de la nueva edición española de la revista SFX, autor del recién editado It’s Showtime!, 50 títulos esenciales del cine musical (UOC, 2017) y del musical Fénix que, según el propio autor próximamente verá la luz.

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